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Al mando, un Trump desquiciado

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rump se pasa el día delante de una cámara lanzando invectivas, o sonriendo complacido con los ya más que empalagosos halagos que le dedica su equipo.

Temen que al psicópata en jefe de la Casa Blanca se le crucen los cables -más- y los eche “a patadas” también El gobierno estadounidense registra una frenética actividad.

No hay vacaciones de Pascua para ellos.

Tampoco, bien es verdad, para las sociedades víctimas de la guerra que Trump ha desatado junto a Netanyahu que son muchas y de variada índole.

Trump y sus marionetas aparecen con síntomas del síndrome “vivo sin vivir en mí”.

Se diría que el presidente se pasa el día delante de una cámara lanzando invectivas, o sonriendo complacido con los ya más que empalagosos halagos que le dedica su equipo.

Temen, con claridad, que al psicópata en jefe de la Casa Blanca se le crucen los cables -más- y los eche “a patadas”.

Así lo ha hecho con Pam Bondi, la fiscal general que se había desvivido por complacerle como máxima responsable de la aplicación de la ley en Estados Unidos.

No ha sido suficiente.

A Trump le ha molestado que no estuviera volcada en triturar a sus enemigos estadounidenses como hace el ministro de la guerra Pete Hegseth con las dianas que le señala en el mundo exterior.

O el vicepresidente Vance y el secretario de Estado Marco Rubio en sus distintas parcelas.

Para Bondi también ha contado, dicen, su tratamiento del caso Epstein que no ha dejado contento a nadie.

Diría que a quien menos a las víctimas, pero tampoco a un Donald que sabe lo que ha hecho y teme que muchos más lo sepan.

Todos ellos han sufrido un “toque” del presidente, incluso la portavoz Karoline Leavitt, quien lejos de molestarse ha redoblado su servilismo sin complejos.

Ayer mismo declaró que “uno siempre quiere ser la persona más culta de la sala, y yo intento serlo cada día.

Pero Donald Trump siempre lo es.

Es increíble los conocimientos que tiene de todo”.

Es decir, todos se han puesto de felpudo ante el jefe, pero el jefe no está contento de cómo le van las cosas -pese a lo que diga-.

El principal síntoma de esa contrariedad que se advierte en Trump con el curso de la guerra ha sido la purga del jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Randy George.

El jefe

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