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La Mandrágora, la cueva cultural que estrenó a Sabina y a Almodóvar cuya memoria se desvanece en un mural

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En el sótano de lo que hoy es un bar de pinchos en la Cava Baja estuvo un epicentro de la cultura nocturna de la Transición.

Abierta por los artistas Manuel Paniagua y Enrique Cavestany, se recuerda por el disco de Sabina, Krahe y Alberto Pérez, pero pasaron por allí cineastas, magos, actores e intelectuales.

El mural de Cascorro que lo recuerda lleva años esperando ser rehabilitado El Despertar, café de la comunidad jazzística de Madrid y museo de los artesanos desaparecidos de Antón Martín Entre los años 1978 y 1982, una de las cuevas habituales en los edificios de la Cava Baja se convirtió en un secreto que corría de boca en boca por los ambientes de un Madrid que inauguraba con ahínco el tópico ‘ciudad que no duerme’.

Eran los años de la hoy tan manoseada Movida.

Pero los chavales más jóvenes de la Nueva Ola, con estilismo de SEPU y pelos de color tropical, no eran los únicos que estrenaban país.

La Mandrágora, en el número 42 de la calle, fue el local que aglutinaba a una generación un poco más mayor –sus fundadores estaban en la treintena–, acaso de perfil más intelectual.

Aunque la experiencia no duró mucho, su recuerdo fue rebotando en las paredes del tiempo gracias a La Mandrágora , un disco publicado en 1981 con canciones grabadas en el sótano de la Cava Baja por los cantautores Joaquín Sabina, Alberto Pérez y Javier Krahe.

En el aire de grabación casual del disco, se cuelan las risas de la noche ‘mandragorera’ y el tintineo de los vasos.

Casi se puede oler el humo de los cigarrillos de Krahe.

Sin embargo, el viaje a través de un puñado de canciones desternillantes oculta el resto de las actividades que, durante años, convirtieron el local en centro neurálgico de la movida cultural.

La Mandrágora fue el proyecto de los artistas Manuel Paniagua y Enrique Cavestany , Enrius , que le dedicó un libro llamado Una cueva diluvial en la Cava Baja.

Cavestany rememora cómo conoció a Paniagua y a su pareja, Piluca Pascual –también pionera en la aventura–, en el obituario que los dedicó después de que ambos fallecieran en un desgraciado accidente de tráfico en 2005 : “Nos conocimos hace 30 años y Begoña me los presentó como unos padres del Colegio Siglo XXI, de Moratalaz

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