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Grabar en ermitas, iglesias y museos: las nuevas apuestas musicales de Madrid

· Español· El Confidencial

Hay que ver cómo se están poniendo las romerías madrileñas, oye.

De los botellones en honor a San Isidro, con brindis etílicos primaverales a las puertas de las ermitas de la pradera, llegamos a una incursión musical en el interior de los templos.

Las parroquias, frente al goteo cotidiano de los creyentes, se abren ahora en la capital a acoger sermones gentiles, paganos, ya puestos, que devuelven su esplendor al santuario.

Y es que, en vez de limitarse a domingueras liturgias al servicio de la palabra de Dios, capillas como la de la ermita de la Virgen del Puerto , noble y fantasiosa obra del arquitecto Pedro Ribera, construida a principios del siglo XVIII, abre sus puertas a convertirse en un escenario.

En un estudio de grabación donde músicos de pelaje azul, pardo o rojo dejan a un lado ideologías y ojerizas para maravillarse con la reverberación de los espacios y la envolvente parafernalia católica.

Sábado 21 de marzo.

Frente a los estanques del puente de Segovia, las desnudas acacias de Japón, a rama descubierta, guardan todavía los retales del invierno que se resiste a abandonar la capital.

La ermita de la Virgen del Puerto se alza solitaria e imponente, impecable, como sacada de un cuento, mientras el músico Mario Díaz afina la guitarra en su interior.

A pelo, sin producción, solo él con su instrumento, el cordobés se dispone a grabar en mitad de la ermita su nuevo disco, El mundo sigue fatal de los nervios, frente a una veintena de espectadores y la densa mirada del Altísimo.

Díaz ni siquiera ha empezado a tocar, y el oropel seglar de la preciosista capilla dicta la solemnidad de una herencia cultural.

Tienta reírse de un cuadro de Cristo colgado en uno de los púlpitos, que parece robado de un todo a cien por lo hortera, pero el barroco presbiterio impone el mutismo en los asistentes. ¿La gracia?

No hay razones para semejante afonía.

No hay cura .

Ni ceremonia religiosa en marcha.

Los asistentes susurran.

Nadie tose.

El carraspeo se disimula.

Los esfínteres, a presión.

A Dios, sugiere este silencio, no le gusta la aerofagia en el templo.

La presión se relaja antes de comenzar el espectáculo, que, por lo de ‘cosas del directo’, habrá de recuperarse para no fastidiar la grabación.

Es espeluznante lo que lim

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