Entre sirenas y rezos: la Semana Santa en un monasterio de Israel bajo las bombas
María Traspaderne Beit Shemesh (Israel), 2 abr (EFE).- Cerca de Jerusalén, entre colinas y viñedos, las doce monjas del monasterio de Deir Rafat encaran la guerra unidas para sobrellevar el sonido de las sirenas antiaéreas, los cazas y las explosiones de un conflicto que les afecta “más profundamente” porque se sienten “más vulnerables”, aunque también les hace sentirse más cerca de los que sufren.
Estas hermanas, parte de los cientos de religiosos que viven en Tierra Santa, han tenido que cambiar su día a día para adaptarse a noches interrumpidas por las sirenas que las obligan a ir al refugio, en una zona del país donde suenan con asiduidad y donde un misil impactó a pocos kilómetros el segundo día de guerra causando nueve muertos.
Antes, muchas vivían en habitaciones junto al edificio principal del monasterio, una construcción de piedra de 1927 ubicada en lo alto de una colina y que alberga la virgen Regina Palestina, pero ahora se han mudado a su interior para ponerse al abrigo de los misiles de Irán.
Sus jornadas son de “silencio y comunión”, explican estas monjas de la Familia Monástica de Belén, que provienen de España, Francia, Bélgica y Polonia.
Pasan casi todo el tiempo solas, rezando o trabajando en artesanía, pero se reúnen para algunas misas y comen juntas una vez a la semana.
Ahora, su tiempo en soledad se ha reducido, ya que a cada alarma se reúnen a refugio, donde cantan rezos para hacer frente a la tensión y se acuerdan, dicen, de los que más sufren.
Las hermanas Karine y Alicia (Liesse Miryah de nombre monástico), encargadas del mantenimiento del monasterio, lo explican a EFE este Domingo de Ramos, en el que celebraron, como cada año, una pequeña procesión en torno al santuario que culminó con una misa interrumpida por una alerta por misiles. “Lo que viene de fuera nos afecta, entre comillas, más profundamente.
No tanto porque seamos especiales, sino porque en el entorno en que vivimos, de silencio, de oración, todo eso nos hace un poco más vulnerables”, relata Alicia en el comedor pocas horas antes de la procesión, en una entrevista también cortada por una sirena.
Esta española oriunda de la ciudad de Murcia lleva tres años en Tierra Santa y 35 de vida mon&aacut
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