Santa Catalina, el barrio transformado en 'la pequeña Suecia' que expulsa a sus vecinos: "Esto se ha vuelto infernal"
En los últimos años se han multiplicado los negocios y las inmobiliarias escandinavas que anuncian viviendas cuyo precio alcanza las siete cifras. “Te viene un sueco y te paga cuatro veces más de lo que vale… ¿y qué haces?”, se pregunta un residente de este barrio de Palma Inversores suecos y franceses se lanzan a gentrificar y expulsar a los vecinos de este barrio de Mallorca: “Es un drama salvaje” “Esta barriada se ha vuelto infernal”.
Antoni, de 79 años, lo dice sin rodeos, apoyado en la acera de una calle donde ya casi no reconoce a casi nadie.
Lleva toda la vida en Santa Catalina, antiguo barrio pesquero que ahora describe como irreconocible: “Mallorquines quedan pocos ya”.
En los alrededores, fachadas recién rehabilitadas y escaparates en inglés, alemán… y en sueco.
En esta barriada de Palma, se multiplican los negocios y las inmobiliarias escandinavas que anuncian viviendas cuyo precio alcanza las siete cifras mientras, a pocos pasos, los últimos vecinos de toda la vida observan cómo el barrio cambia de manos.
El idioma varía según la mesa.
El precio, siempre al alza. “Aquí no se puede vivir, aquí no se puede dormir”, lamenta Antoni, quien señala el ruido constante, los conflictos nocturnos y una sensación de abandono que, dice, nadie ha sabido frenar.
La transformación no es solo perceptiva.
El precio de la vivienda en Santa Catalina se sitúa ya en torno a los 6.200 euros por metro cuadrado –hace una década, rondaba los 2.500–, con subidas de más del 14% solo en el último año, según Idealista.
En cuanto al alquiler, el más barato que se oferta en este portal inmobiliario asciende a 1.100 euros: un piso de 50 metros sin amueblar.
Lo administra Mallorcabyrån Real Estate, una de las numerosas inmobiliarias suecas implantadas en la zona.
Y es que estas agencias actúan como intermediarias clave en ese circuito, conectando compradores del norte de Europa con un mercado local cada vez más inaccesible.
El resultado, visible en la calle, es un desplazamiento progresivo: contratos que no se renuevan, alquileres que se disparan y vecinos que se marchan.
Antoni es uno de ellos: “Estoy esperando irme de aquí enseguida, a otra zona más tranquila”.
A pocos metros aparece Tomeu, quien ha escuchado ecos de la conversa
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