Un breve texto para Jorge Azcón (y todos los hombres)

Lo de Jorge Azcón no es un comentario sin más.
Ni lo tuyo una mirada sin más o una broma sin más o una tontería dicha al aire sin más.
Sin más, quizá, lo será para quien lo hace.
Porque desde quien lo vive, nada de eso es ocasional, aislado ni neutro.
Es una constante que te mina y te desgasta, es una lluvia fina de malestar que condiciona la manera en que te miras y estás en el mundo Azcón insiste en el “error” de comparar el físico de Montero y Alegría: “Me equivoqué y pido disculpas sinceras” Jugar con muñecas de proporciones imposibles.
Admirar a tus cantantes favoritas, todas flacas y lindas.
Ver a las mujeres que salen en la tele y escuchar lo que dicen a tu alrededor.
Observar desde pequeña cómo las mujeres se pesan, hacen dieta y se torturan (las torturan) con sus cuerpos.
Asistir a anuncios y más anuncios de cremas, cosméticos, anticelulíticos, operaciones.
Oír, una y otra vez, comentarios que hablan de tetas, de culos, de cinturas.
Notar claramente las miradas.
Gorda como insulto.
Fea como insulto. ‘Las niñas bonitas no pagan dinero’.
Convertirse en una mujer es descubrir que tu cuerpo no es solo tuyo.
Es entender que eres un ser mirable, comentable y tocable.
Es asumir que tu cuerpo y tu aspecto funcionan como una vara de medir oportunidades.
Más adelante, implica darte cuenta de que, por encima de tus ideas y de tus actos, por encima de quién eres, el cuerpo que tienes, tu pelo, tu manera de vestir y tu manicura siempre serán más relevantes.
Como si algo o alguien nos tuviera que recordar siempre que, aunque nos creamos sujetos, estamos pensadas para ser objetos: objetos que mirar, comentar y juzgar, da igual el efecto que eso tenga en nosotras.
Escribe Naomi Wolf en El mito de la belleza: “Muchas mujeres tienen más dinero, poder, campo de acción y reconocimiento legal del que jamás habíamos soñado, pero con respecto a cómo nos sentimos acerca de nosotras mismas físicamente, puede que estemos peor que nuestras abuelas no liberadas”.
Wolf argumenta que la presión estética hacia las mujeres se ha endurecido: conforme hemos ganado derechos, espacio y poder, el control sobre nuestro cuerpo y nuestro aspecto se ha hecho todavía más duro.
Las miradas y los comentarios permanentes, nos lo recuerdan.
Trastornos de alimentación.
Vigilancia constante de tu
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