“Negociamos con bombas”: del ideal republicano al impulso imperial trumpista

La Administración Trump extiende su noción imperialista al tiempo que profundiza el autoritarismo dentro de sus fronteras Trump busca a la desesperada una salida a la guerra en Irán ante el caos económico y la soledad internacional Ya están paseando los agentes del ICE por los aeropuertos de Estados Unidos.
Responden a la orden del presidente, Donald Trump, de suplir las disfunciones que está ocasionando el bloqueo a la financiación del Departamento de Seguridad Nacional por la negativa de los congresistas demócratas a financiar una institución con agentes que ejecutan una cruel represión migratoria en las ciudades estadounidenses.
El mismo cuerpo responsable del asesinato de dos personas en las calles de Minneapolis ahora se ocupa, supuestamente, de ayudar en los controles de los aeropuertos.
Pero, en realidad, siguen haciendo lo que hacen en la calle: perseguir personas.
El ICE se ha terminado convirtiendo en una fuerza armada federal al servicio del presidente de EEUU: los usa para su represión migratoria, elige en qué bastión demócrata los despliega o repliega –como ha pasado en Minnesota tras los dos asesinatos– y ahora los quiere para interferir en el pulso político que tiene abierto con los demócratas en el Capitolio.
Este fin de semana me acerqué al Museo Nacional de Historia de EEUU, aquí en Washington DC.
Y me encontré con un detalle en la exposición que me llamó la atención: un debate abierto a finales del siglo XIX en Estados Unidos entre los conceptos de república e imperio.
Eran los años en los que EEUU, tras su guerra civil, había iniciado una expansión colonial en Filipinas, Cuba, Hawái y Puerto Rico, entre otros, y se debatía el papel de EEUU en el mundo.
Y, de manera incipiente, surge esa dicotomía entre imperio y república –que tanto juego ha dado a la saga Star Wars, en otro orden de cosas–.
Y surge en una sociedad de representación política censitaria –el voto femenino llegó en 1920–; levantada sobre el genocidio de la población indígena –de la mano del supremacismo blanco–; y sustentada en la segregación de la población afroamericana, que se prolongó hasta los años sesenta.
En ese contexto, y en pleno debate en la primera mitad del siglo
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