Un madrileño en Madrid con disfraz de turista
Hay una forma secreta de viajar que consiste en quedarse. En permanecer exactamente donde uno está y, aun así, desplazarse con la impostura de un turista en fibrilación. Madrid admite ese experimento con una docilidad sorprendente. Basta un gesto mínimo , casi ridículo en apariencia. Reservar una habitación en un hotel del centro. Fingir que se llega de fuera . Dejar la llave de casa en el bolsillo y cruzar la ciudad como si perteneciera a otro. El madrileño vive entre itinerarios útiles . Trayectos que empiezan y terminan en un propósito. De modo que la primera anomalía surge al romper ese mecanismo. El hotel introduce una distancia inmediata . La habitación carece de pasado, el silencio se vuelve impersonal, la ventana encuadra la ciudad sin obligaciones. La Gran Vía abandona la rutina de un eje funcional y se transforma en espectáculo. Luces, fachadas, un cierto exceso que la costumbre había domesticado. La metamorfosis del indígena en turista comienza por obligación y por convicción en el Museo del Prado. Entramos a la pinacoteca con la urgencia de quien busca un refugio. Por eso resulta una buena idea abstraerse del mainstream, buscar el silencio y el estupor en las salas de las pinturas tardogóticas, por ejemplo. Y tomarse un café en la terraza de la pinacoteca, sin las prisas que condicionan normalmente la visita a El Prado en otros horarios frenéticos. Tiene sentido descubrir el Retiro como quien pasea por los jardines de Luxemburgo. Y lo tiene identificarse con las costumbres comerciales de los foráneos, llegando al extremo de comprar un souvenir para decorar la nevera. Todas las obras a la vez en todas partes Rubén Amón Asumiendo que la capital tiene que dinamizarse y transformarse, impresiona hasta qué extremo padecemos en Madrid un ajetreo insufrible y ubicuo de zanjas, intervenciones y de
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