Tablada 25: nada mata el espíritu musical de la Movida
Madrid oculta lugares que son templos . Instalaciones, antes o después, convertidas en el refugio de religiones, ascendiendo como los héroes vikingos a un Valhalla urbano. Allí esos lugares se mueven entre la nostalgia y la leyenda . Para quienes todavía se resisten a ser señalados en pretérito, entre el recuerdo vivo y una inquieta hambre de supervivencia. La apertura a la modernidad traída por la Movida fue dejando, con los cambios de la ciudad, fósiles de un tiempo analógico , callejero y baretero. Una época donde la música era, más que diversión, forma de vida. Donde los mitos se labraban en el boca a boca, los fanzines o revistas, y ChatGPT no era el consultor vital de referencia. De entre esos trilobites reconvertidos en factorías hipsters, boutiques low cost o discotheques ratoreguetoneras contamos, por ejemplo, La Pepita ; hogar de rompepistas malasañeros donde se bebían cachis de calimocho de madrugada. O la Sala Excalibur ; parroquia de metaleros vallecanos, con normas de etiqueta que exigían rapunzelianas melenas bailando sobre chalecos vaqueros parcheados. Y ya si nos ponemos del todo clásicos, el legendario Rock-Ola . Un centro de peregrinación que vio echada la persiana, no por exceso de decibelios, sino por una justificada paranoia en cuanto a la seguridad tras el incendio , en 1983 , de la discoteca Alcalá , donde 81 personas perdieron la vida, y la bulla, en 1985, entre un grupo de rockers y otro de mods. Pelotera saldada como solían saldarse esos desagradables saraos. Con un chaval herido de gravedad. Por desgracia, en este caso, finalmente fallecido, martillando así el último clavo del ataúd de la famosa sala . Arturo Pozuelo, dueño de Tablada 25. (Cedida) Hay vestigios, no obstante, que han resistido al canibalismo comercial o a los infortunios condenatorios. Algún Jo
原文链接: El Confidencial
